A los setenta años, ya achacoso,
sintió el maestro un gran ansia de paz.
Moría la bondad en el país
y se iba haciendo fuerte la maldad.
Se abrochó los zapatos.
Empaquetó las cosas necesarias.
Pocas. Pero algo había que llevar.
La pipa en que fumaba cada noche,
el libro que leía a todas horas.
Algo de blanco pan.
Gozó mirando el valle y lo olvidó
cuando la senda comenzó a ascender.
Rumiaba el buey, alegre, hierba fresca
mientras llevaba al viejo.
Pero iba muy deprisa para él.
Caminó cuatro días entre peñas
hasta que un aduanero lo paró.
-¿Alguna cosa de valor?
"Ninguna"."Es un maestro",
dijo el joven guía del buey.
Y el aduanero comprendió.
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